En la mesa de una cantina potosina, la realidad siempre ha sido una materia elástica que se estira según el número de botellas vacías. La conversación de cantina tenía su propio género literario: la hipérbole.
El negocio que se había cerrado por unos cuantos pesos se transformaba, al tercer trago, en una transacción millonaria que cambiaría el destino del Altiplano; y la riña de la esquina se contaba como una batalla épica digna de un general de la República. Exagerar era parte del ritual de aceptación.
Este lenguaje inflado no era mentira vulgar; era una forma de juego social. Los potosinos, habitualmente parcos y reservados en la calle, encontraban en la cantina el permiso para ser vistosos y elocuentes.
Se competía por ver quién contaba la anécdota más espectacular o quién había conocido al personaje más importante. El cantinero y los compañeros de mesa actuaban como un público cómplice que aplaudía la ocurrencia sin pedir pruebas notariales.
En San Luis, aprendimos que la barra es el escenario donde el ciudadano común puede ser el héroe de su propia novela por una tarde, encontrando en la exageración el consuelo necesario para regresar el lunes a la sobria y aburrida realidad de la oficina.


