Vivir en la capital potosina antes de la diversificación de los relojes de pulsera implicaba aceptar que la medición del tiempo era un servicio público administrado con soberanía absoluta por el campanero de la Catedral o del templo del barrio. El peatón que transitaba por el centro histórico no consultaba una pantalla en su bolsillo; levantaba la mirada hacia las torres o detenía su marcha para interrogar al gendarme de la esquina, quien ajustaba su reloj de leontina basándose en el último repique de la iglesia.
Esta dependencia del bronce eclesiástico unificaba las rutinas de la ciudad bajo un ritmo circular y pausado. Sabías que ibas retrasado al despacho si el doble de San Francisco ya había concluido, y las madres calculaban el hervor de los frijoles escuchando los cuartos de hora que resonaban en la cantera rosa de las plazas. Preguntar la hora al campanario era un acto de comunión civil diaria: el tiempo pertenecía a la comunidad y no al individuo, forjando ese carácter local paciente y poco dado a las prisas modernas, una provincia que aprendió a caminar al compás que dictaba el mecanismo suizo de la torre municipal o el brazo certero del campanero del rumbo.


