El ascenso de Miguel Álvarez Acosta a la gubernatura interina de San Luis Potosí en 1958 ilustra esa singular tradición de la política nacional que recurre a los intelectuales de prestigio para serenar los ánimos de las provincias en tiempos de tensión civil.
Álvarez Acosta, cuya trayectoria abarcaba desde las aulas universitarias y la diplomacia en el extranjero hasta la dirección del Instituto Nacional de Bellas Artes, llegó al Palacio de Gobierno con un equipaje que contenía más libros de poesía y libretos teatrales que manuales de estrategia policiaca.
Su estilo de gestión estuvo marcado por esa finura discursiva que desarmaba a los caciques locales y desconcertaba a la oposición de banqueta. Álvarez Acosta veía en la administración pública una extensión del drama clásico: sabía cuándo matizar una orden con un adjetivo preciso y cuándo utilizar el silencio administrativo como la mejor herramienta de contención política.
Su gobierno demostró a la provincia que la finura del lenguaje y la sensibilidad del creador no eran debilidades de escritorio, sino instrumentos de alta diplomacia capaces de pacificar las fricciones de una capital que, bajo su mandato, descubrió que la cultura puede ser un escudo sumamente eficiente para resguardar la estabilidad de las instituciones.


