Vestir el luto en el San Luis antiguo era someterse a una legislación textil y conductual de una severidad implacable que regulaba los días de las familias potosinas durante meses y años enteros tras la pérdida de un pariente.
El código no permitía las interpretaciones libres: la viuda debía vestir de estricto negro mate durante dos años obligatorios, prohibiéndosele el uso de sedas brillantes o joyas ostentosas, y reduciendo sus salidas públicas a las misas de madrugada en el Carmen o la Parroquia del Sagrario.
El luto se extendía como una sombra sobre toda la finca. Se bajaban las persianas de guillotina de la sala, se cubrían los espejos con lienzos oscuros y se trancaba el piano para que ninguna nota musical rompiera el silencio reglamentario de la cuadra. Romper el luto antes de tiempo o lucir un pañuelo de color en el paseo del domingo era considerado un acto de ordinariez y una falta de respeto al linaje que el barrio entero castigaba con el vacío social en los portales.
San Luis educó a sus generaciones bajo esta tiranía del paño negro, enseñando que el dolor familiar es un trámite público que debe exhibirse con la rigidez de la piedra para que el vecindario otorgue su aval de decencia tradicional.


