Convertir al habitante de la capital potosina en un ciudadano puntual fue un proceso pedagógico severo que requirió la complicidad de las escuelas, las fábricas y el propio ayuntamiento.
En el San Luis de antaño, donde la frase «ya luego llego» era la norma de la cortesía informal, la exigencia de la hora exacta fue recibida como una intromisión exótica y molesta en la soberanía del tiempo personal de las familias.
La puntualidad se impuso como una virtud moral porfirista. En los talleres mecánicos del ferrocarril y en las fundidoras de las orillas, el obrero que cruzaba el portón un minuto después del silbato perdía el jornal de toda la mañana; en las escuelas del centro, el alumno retrasado era exhibido en el patio como un ejemplo de pereza civil.
Esta disciplina del reloj uniformó las costumbres locales, obligando a los potosinos a acelerar el paso por las banquetas de Carranza y a vigilar el muelle de sus relojes de bolsillo con una ansiedad desconocida por sus abuelos. Aprendimos a vivir pendientes del minutero, aceptando que en la urbe moderna, la decencia de un hombre se mide por su capacidad para presentarse a la cita exactamente al mismo tiempo en que la aguja oficial toca el número indicado.


