Manuel María de Gorriño y Arduengo representa el auge de la influencia política del clero en San Luis Potosí durante el siglo XIX.
En una sociedad donde la religión era el único lenguaje común, el obispo no era solo un guía espiritual, sino un actor político de primer orden. Gorriño entendió que el poder se ejerce en las sacristías tanto como en las plazas, y que una palabra bien colocada en un sermón podía tener más peso que cualquier ley civil.
Su influencia se extendía a todos los rincones de la vida pública. Participaba en la toma de decisiones sobre recursos, educación y orden social, asegurándose de que la Iglesia siempre tuviera un lugar en la mesa donde se repartía el pastel potosino.
La religión funcionaba como la estructura de poder cotidiano: se obedecía al obispo no por miedo a la ley, sino por miedo al juicio social y eterno. Gorriño fue el gran orquestador de esta influencia, manteniendo a la élite local alineada con los intereses de la institución y demostrando que, en San Luis, la separación de Iglesia y Estado siempre ha sido una teoría que choca contra la realidad de una cantera que se siente incompleta si no tiene un clérigo de peso vigilando sus calles.


