La logística de los aguadores en el San Luis antiguo era un modelo de eficiencia basado exclusivamente en el músculo y la necesidad.
Sin tuberías que llevaran el líquido a las cocinas, la ciudad dependía de una red de hombres que extraían el agua de pozos públicos y la transportaban en recipientes de barro o madera. Era un trabajo rudo que no conocía descansos ni días feriados; si el aguador no pasaba, la casa se detenía.
El agua era un negocio directo y poco sentimental. El aguador conocía la intimidad de cada familia: sabía quién gastaba de más y quién tenía que conformarse con lo mínimo. Se vendía lo indispensable con una tarifa que variaba según la distancia del pozo y la urgencia del cliente. Esta dependencia total del recurso humano hacía que los aguadores tuvieran un control real sobre la vida cotidiana.
Eran, en esencia, la empresa de aguas de la época, pero con el inconveniente de que su servicio dependía de su salud y de su voluntad. La ciudad vivía en un equilibrio precario, agradeciendo cada gota que llegaba sobre los hombros de estos hombres, entendiendo que en San Luis, el agua siempre ha sido un lujo que se paga con sudor ajeno.


