La traza urbana y los archivos parroquiales de San Luis Potosí resguardan una de las ironías más severas de su historia social: la desaparición absoluta de los apellidos de los primeros conquistadores y mineros que levantaron las casonas de la capital.
Linajes coloniales de inmenso poder en los siglos XVI y XVII —como los mismos descendientes del capitán Miguel Caldera, los herederos de Juan de Oñate o las familias de terratenientes de apellido Gordoa o Fandiño— que en su momento poseían haciendas de beneficio enteras y decidían los nombramientos del cabildo, hoy no son más que referencias de pie de página en los textos de historia regional.
El desplazamiento de estas dinastías mineras no se debió únicamente a la falta de descendencia masculina, sino a la volatilidad de la riqueza potosina, un capital que dependía de la veta de San Pedro y que se esfumaba con la misma rapidez con la que llegaba la sequía. Las familias que no lograron diversificar sus caudales hacia la propiedad agrícola en Rioverde o el comercio mayorista en los portales terminaron perdiendo sus fincas por ejecuciones hipotecarias y deudas de juego, diluyéndose entre el anonimato de la periferia.
San Luis vio llegar a las nuevas olas de comerciantes españoles, libaneses y burócratas porfirianos que compraron los viejos palacios de piedra y colgaron sus propios escudos en los percheros, demostrando que en el Altiplano, el prestigio del apellido es tan mudable como el viento de la llanura.


