La instalación de las primeras bancas de hierro forjado y listones de madera en el perímetro del Jardín Hidalgo, a finales del Porfiriato, modificó de forma radical el uso social del espacio público y la geografía del descanso en la capital potosina.
Antes de su aparición, la plaza era un territorio de tránsito rápido o de comercio ambulante donde sentarse a ver pasar el día era una conducta mal vista por la gendarmería; la banca introdujo la civilidad del ocio vigilado y se transformó en el foro principal de la sociabilidad porfiriana.
Sin embargo, el derecho al asiento estaba rígidamente condicionado por las fronteras invisibles de la clase social. Las bancas situadas bajo la sombra de los laureles, en el andador interior que rodeaba al quiosco, eran el patrimonio exclusivo de los rentistas, los funcionarios de palacio y las damas de sociedad que lucían encajes; mientras que los artesanos, los peones y las vendedoras de rebozo debían conformarse con mirar desde las orillas o sentarse en las barandillas de piedra de las esquinas.
Desde estos asientos mecánicos, el tribunal de los desocupados profesionales dictaba sentencia sobre la decencia del rumbo, evaluando el corte del saco de los paseantes o la compostura de los noviazgos, convirtiendo a la banca en la aduana moral más activa de la provincia.


