La convivencia con los animales sueltos en el San Luis antiguo representó uno de los dolores de cabeza más constantes y ruidosos para las administraciones civiles del Porfiriato.
Lejos de la imagen de pulcritud que pretendían proyectar las autoridades, las calles comerciales del centro y las plazas periféricas eran el territorio de masivas jaurías de perros callejeros que disputaban los desechos de las carnicerías del mercado Hidalgo y atacaban a los caballos de las diligencias de paso, provocando accidentes y quejas vecinales recurrentes.
Las actas municipales dan fe de los primeros y drásticos reglamentos de gendarmería diseñados para controlar lo que ya se consideraba una crisis de higiene pública. Se prohibió el tránsito de animales sin collar de cuero y se instituyó la figura del lacero nocturno, un empleado municipal armado con redes y garrotes que recorría los callejones pasada la medianoche para capturar a los ejemplares vagabundos.
Las familias de los barrios solían protestar tirando piedras a los guardias para defender a los perros comunitarios que cuidaban los jacales, entablando una guerra menor entre la costumbre rural del animal libre y la obsesión higienista de una burocracia civil que veía en el perro suelto una muestra de atraso provinciano que empañaba la vitrina del progreso.


