Antes de que los despertadores mecánicos individuales y las alarmas de las pantallas privatizaran el inicio del día en los hogares potosinos, los habitantes del centro histórico y de los barrios tradicionales poseían la habilidad mística de medir el paso del tiempo y la llegada de la mañana utilizando el puro sentido del olfato.
La ciudad poseía un mapa de aromas horarios que se activaba con una precisión que ya quisiera el segundero del reloj de torre del Palacio de Gobierno.
A las cuatro de la madrugada, el olor penetrante del humo de leña de mezquite anunciaba que los hornos de las panaderías del rumbo ya estaban encendidos; una hora más tarde, el aire se saturaba con el perfume dulce y denso del trigo horneándose y la manteca derretida en los comales traseros.
Este paisaje olfativo avisaba a las madres de familia que era el momento exacto para atizar el brasero de la cocina y preparar el café de olla antes de que los hombres salieran al taller. San Luis gobernó sus rutinas de la madrugada bajo esta tiranía benigna de la harina, una atmósfera familiar que nos demostró que en el Altiplano, la prisa de la jornada laboral no llegó con los decretos de los ingenieros del Porfiriato, sino con ese aroma a pan recién hecho que avisaba a la provincia que la noche había terminado y era hora de volver al deber.


