La vida cotidiana en las barriadas potosinas a finales del siglo XIX y principios del XX estaba rígidamente sincronizada con la temperatura y el humo que salía de los antiguos hornos de pan de leña.
Instalados en los patios traseros de los locales comerciales de San Miguelito o Tlaxcala, estos hornos monumentales hechos de ladrillo y mampostería gruesa consumían toneladas de leña de mezquite que los carboneros bajaban de la sierra, un combustible rústico que le daba al producto final ese sabor ahumado tan característico del Altiplano.
El oficio del panadero era una disciplina del desvelo y el aguante físico. Mientras el sereno vigilaba los callejones a oscuras, el maestro panadero y sus oficiales amasaban arrobas de harina, batían la manteca y controlaban las brasas con palas largas de madera, trabajando en mangas de camisa en medio de un calor sofocante que contrastaba con el frío calante de la noche potosina.
El pan salía de las piedras del horno justo cuando las campanas de la Catedral tocaban la misa de alba. El barrio despertaba con esa señal calórica indispensable: las familias mandaban a los niños con la canasta de mimbre al mostrador, sabiendo que el pan tierno era la primera garantía de que la rutina de la mañana marchaba con el orden y la regularidad de todas las jornadas.


