Transitar por la capital potosina hace un siglo requería de una contabilidad del tiempo y una paciencia corporal que hoy nos parecerían un ejercicio de inmovilidad voluntaria insoportable.
Cruzar desde el barrio de San Miguelito hasta el jardín de Tequisquiapan no era un trámite de cinco minutos en automóvil; era una travesía pausada que involucraba sortear el paso lento de las carretas de bueyes, esquivar los charcos de las acequias y detener la marcha ante el cruce de un entierro parroquial.
La lentitud era la etiqueta obligatoria de la provincia. Apurar el paso por la acera o correr por la Plaza de Armas era visto como una muestra de ordinariez o una señal de pánico que despertaba las alarmas de los gendarmes de la esquina; el ciudadano respetable caminaba con una parsimonia calculada, midiendo las distancias por los saludos que debía intercambiar con los vecinos de banca.
Esta lentitud del mundo antiguo forjó un carácter local analítico y poco dado a los arrebatos de la prisa industrial. San Luis masticaba sus jornadas con la regularidad de la maza del molino, entendiendo que en este Altiplano de piedra rosa, llegar cinco minutos tarde a la cita del café no es una falta de respeto, sino el tributo normal que se paga a una geografía que prefiere la fijeza de la costumbre antes que el vértigo de la modernidad.


