La prisa y la inmediatez digital de nuestros días habrían resultado incomprensibles para el habitante del San Luis Potosí del siglo pasado, una sociedad donde la obtención de cualquier servicio básico o la conclusión de un trámite gubernamental requería el dominio absoluto de una disciplina corporal severa: el arte de hacer fila. Desde la madrugada, antes de que abrieran las ventanillas de la recaudación de rentas o las compuertas de los despachos de agua, las banquetas de la cantera rosa se poblaban de una hilera compacta de ciudadanos habituados a la espera.
La fila no permitía los desórdenes ni el descuido del lugar. Hombres con sombrero en mano y mujeres con rebozo componían un parlamento de la fatiga donde se vigilaba con recelo que nadie intentara colarse mediante el compadrazgo o la recomendación del burócrata de pasillo.
En esa antesala del mostrador se organizaba la sociabilidad diaria: se discutía la carestía de las semillas, se cruzaban los informes de las boticas y se evaluaban los escándalos del vecindario con una paciencia de artesano. Hacer fila para comprar el pan en el horno de la esquina o para pagar las contribuciones municipales era el trámite obligatorio que uniformaba a todas las clases sociales ante la escasez y la burocracia, demostrando que en esta capital del Altiplano, la regularidad de la vida urbana siempre necesitó de una buena dosis de paciencia y un lomo recio hecho para aguantar la banqueta.


