Hubo un tiempo en que la geografía postal de San Luis Potosí dependía por completo de la memoria comunitaria y de las referencias caprichosas del paisaje urbano. Para enviar una carta o localizar un despacho, las direcciones notariales rezaban con fórmulas imprecisas como «en el callejón de la botica, tres puertas abajo del convento del Carmen» o «frente al fresno grande del barrio de Tlaxcala», un sistema verbal que funcionaba con eficiencia mientras la ciudad mantuvo sus dimensiones coloniales y el vecindario se conocía por el apellido.
La modernización administrativa impuesta por los gobiernos porfiristas a finales del siglo XIX terminó con esta holgura descriptiva mediante la introducción de la numeración racional de las fachadas.
Las cuadrillas municipales recorrieron las calles del centro sustituyendo los nombres tradicionales de los tramos por placas de lámina azul que asignaban números pares e impares según la orientación cartesiana del plano.
El cambio fue recibido con desconfianza por las familias antiguas, que veían en el número una pérdida de la identidad señorial de sus fincas. San Luis tuvo que aprender a gobernarse bajo la dictadura de la cifra exacta, forjando esa nomenclatura moderna que convirtió al laberinto de adobe en una cuadrícula previsible apta para el cobro del catastro y la puntualidad del cartero.


