Mucho antes de que el agua fuera un asunto de organismos descentralizados y recibos mensuales, en San Luis era el negocio más honesto y lucrativo de la ciudad. Vender lo indispensable tiene la ventaja de que el cliente nunca puede decir que no.
El agua se tasaba por su origen y por el esfuerzo que costaba traerla, convirtiendo cada gota en una inversión de capital. Los dueños de los pozos eran los banqueros de la sed, señores que administraban la humedad de la ciudad con una tacañería que hoy nos parecería criminal, pero que entonces era pura eficiencia comercial.
El negocio del agua moldeó la arquitectura y la moral de la ciudad. Se diseñaban casas con aljibes que eran verdaderas cajas fuertes para el líquido, y se vigilaba al aguador con más celo que al cajero de una mina. El agua no era un derecho humano, era una mercancía de lujo que se pagaba en efectivo y con gratitud.
En San Luis aprendimos que el que controla el flujo de la vida es el que pone las condiciones de la convivencia. Hoy nos quejamos de las tarifas, pero olvidamos que hubo un tiempo en que el agua se compraba por jarros y que el prestigio de una familia se medía por la frescura de su tinaja, demostrando que en el Altiplano, la verdadera moneda de cambio siempre ha sido incolora, inodora e insípida.


