En San Luis, el orden moderno siempre ha llegado con la torpeza de un invitado que no sabe a qué hora irse. Cuando Rafael Nieto y sus sucesores intentaron que la ciudad funcionara como una máquina aceitada, se toparon con la costumbre, que es una fuerza mucho más resistente que la ley.
El orden moderno decía que las calles debían estar despejadas; la costumbre respondía que la banqueta es el mejor lugar para que el vecino se estacione a platicar. El orden exigía burocracia eficiente; la costumbre sugería que un conocido en la oficina vale más que diez reglamentos.
Esta lucha no ha tenido un ganador claro. Lo que tenemos hoy es una ciudad que finge ser institucional en los papeles, pero que se resuelve en lo oscurito y por puro instinto. Los potosinos aceptamos la modernidad siempre y cuando no nos obligue a cambiar de hábitos de manera drástica.
Es un equilibrio delicado: adoptamos la tecnología, pero la usamos para perpetuar las mismas mañas de hace un siglo. Al final, el orden moderno en San Luis es como un traje de gala que nos ponemos para las fotos, pero que nos desabrochamos en cuanto cruzamos el zaguán para volver a la cómoda e indisciplinada realidad de siempre.


