La sincronización del tiempo en San Luis Potosí fue el primer gran experimento de control social masivo. Antes de los relojes mecánicos en las torres públicas, el tiempo era una masa elástica y caprichosa. La gente se movía por impulsos naturales o por el toque de las campanas, que al final de cuentas, también dependían del humor del campanero. Cuando los relojes públicos empezaron a marcar los minutos con precisión matemática, la ciudad sufrió un choque cultural silencioso.
El reloj en la plaza no se puso para que supiéramos qué hora era, sino para que supiéramos cuándo estábamos faltando a nuestro deber. La puntualidad se convirtió en una nueva moralidad. El tiempo exacto permitió la coordinación de los trenes, las fábricas y las oficinas, pero a cambio nos quitó la libertad de manejar nuestro propio ritmo.
Los potosinos pasamos de guiarnos por la sombra de la Catedral a ser esclavos de un mecanismo suizo que no sabía de siestas ni de tertulias. Fue la imposición del orden moderno sobre la costumbre tradicional, una transición donde aprendimos que, en la nueva era, el hombre más respetable ya no es el que más sabe, sino el que siempre llega cinco minutos antes, aunque no tenga nada importante que decir.


