Antes de que los relojes públicos se volvieran los dueños de la calle, San Luis medía sus días con una precisión mucho más humana y, por lo tanto, más inexacta. El tiempo era una mezcla de señales biológicas y avisos religiosos.
Se sabía que era hora de empezar el día porque el gallo lo ordenaba, y que era hora de dejar el trabajo porque la luz del sol ya no permitía distinguir un pecado de una virtud. Las campanas de las iglesias eran el único recordatorio oficial, marcando los momentos de rezar, comer o morir, pero siempre con un margen de tolerancia que permitía la improvisación.
La vida transcurría en bloques: la mañana, el mediodía, la tarde y la noche. No había prisa por el minuto exacto porque el minuto no existía como unidad de medida social. Esta relación con el tiempo permitía una paz que hoy nos resultaría sospechosa. Los potosinos éramos dueños de nuestras horas simplemente porque nadie las contaba con rigor. Era un mundo donde el compromiso se basaba en la palabra y no en el cronómetro, y donde la frase «nos vemos por la tarde» era una dirección geográfica en el tiempo que todos entendíamos perfectamente sin necesidad de mirar la muñeca.


