Para el potosino antiguo, el ruido no era una molestia, era una fuente de información clasificada. Interpretar los sonidos de la ciudad era una habilidad que separaba a los locales de los forasteros.
El repique de una campana, el silbato de un oficio o el galope de un caballo a deshoras tenían un significado preciso que no necesitaba traducción. La ciudad hablaba un lenguaje de percusiones y metales que todos entendíamos desde la cuna.
Saber escuchar era saber sobrevivir. Un toque de campana «a rebato» significaba que había que correr por la cubeta; un sonido pausado y grave indicaba que alguien importante ya no pagaría impuestos; y el grito de un pregonero era el inicio de un cambio de leyes.
El oído era el sentido que nos conectaba con la realidad colectiva sin necesidad de verla. Esta cultura auditiva generó una ciudad de gente que siempre está atenta a lo que no se dice pero se escucha. En San Luis, el silencio total siempre ha sido motivo de sospecha, porque significa que algo muy grande está a punto de sonar. Aprendimos que en este teatro de cantera, el guion se escribe con ruidos y que el que no sabe interpretar el estruendo, está condenado a perderse en la confusión del siguiente evento nacional.


