La transición entre la medicina tradicional y la científica en San Luis fue un proceso largo, ruidoso y lleno de desconfianza mutua. Durante décadas, el médico de bata blanca y estetoscopio tuvo que convivir con el curandero que recetaba fe y hierbas del desierto.
Los potosinos, siempre pragmáticos, desarrollamos una estrategia de salud mixta: íbamos al doctor para que nos dijera qué teníamos, pero nos tomábamos el remedio de la abuela para que se nos quitara realmente.
Esta convivencia marcó el avance de la medicina local. Pedro Vallejo y sus contemporáneos tuvieron que luchar contra la idea de que la ciencia era una forma de arrogancia que intentaba corregirle la plana a la naturaleza.
El hospital era visto como el último recurso, un lugar del que rara vez se salía caminando, mientras que la botica de la esquina era el templo de la esperanza inmediata. Al final, la medicina científica ganó la partida oficial, pero la tradición se quedó refugiada en los armarios de las casas. San Luis se convirtió en una ciudad de diagnósticos modernos y tratamientos ancestrales, demostrando que en el Altiplano preferimos tener un pie en el laboratorio y otro en el huerto, por si acaso la ciencia no tiene la respuesta para un mal que parece venir del alma y no del cuerpo.


