En la historia de San Luis, el miedo ha sido el detonante más efectivo de la política pública. No se legisla por convicción, se legisla por espanto. El miedo al desorden, el miedo a la peste o el miedo a que el vecino se vuelva más rico que uno han sido los motores que han movido los hilos del Palacio de Gobierno.
Una autoridad que sabe administrar el miedo colectivo es una autoridad que no necesita dar muchas explicaciones.
Cuando el miedo se instalaba en la plaza, los potosinos aceptábamos cualquier decreto con tal de sentirnos seguros. Se cedían libertades a cambio de la promesa de que el fuego no llegaría a nuestra casa o que la revuelta se quedaría en el barrio de al lado.
Esta dinámica convirtió al miedo en una herramienta de gestión cotidiana. Aprendimos que en San Luis la paz no es un estado natural, sino una tregua precaria sostenida por el temor a que todo se desmorone. Así, nuestras leyes y nuestras instituciones son, en realidad, muros de contención contra nuestros propios fantasmas, demostrando que en el Altiplano la mejor forma de gobernar es asegurarse de que el ciudadano siempre tenga algo de qué preocuparse antes de que se le ocurra preocuparse por el gobierno.


