Miguel Barragán representa al político potosino de la era de los generales, atrapado en una inestabilidad que hacía imposible cualquier plan a largo plazo. Como gobernador y luego como presidente interino, Barragán tuvo que navegar en aguas donde la lealtad duraba lo que tardaba en llegar el siguiente correo con noticias de una revuelta.
Su carrera fue un ejercicio de contención ante las epidemias de desorden político y biológico que asolaban al país.
Gobernar en el siglo XIX no era una cuestión de presupuestos, sino de alianzas militares y resistencia personal. Barragán vivió el miedo como detonante de la política pública: se legislaba para evitar el caos inmediato o para responder a la última tragedia nacional.
Su figura nos recuerda que en San Luis la estabilidad siempre ha sido un lujo esquivo, y que la autoridad solía ser una llamarada que se consumía rápido entre conflictos territoriales y crisis sanitarias. Barragán fue el administrador de un país que estaba cambiando de forma a golpes de fusil, un hombre que supo que en México, la única normalidad es la crisis y la única estrategia es saber cuándo retirarse con la frente en alto antes de que el suelo se vuelva a mover.


