Antes de que los muertos fueran desterrados a la periferia, la relación de los potosinos con la muerte era de una familiaridad casi doméstica. Los difuntos vivían en el centro de la ciudad, ocupando los patios de las iglesias y los sótanos de los conventos.
Uno podía ir a comprar pan y pasar junto a una pared que guardaba los restos de la tía abuela. La muerte no era un tabú, era un vecino silencioso que no pagaba renta pero que recordaba constantemente la brevedad de los placeres mundanos.
Esta convivencia generaba una naturalidad ante el fin de la vida que hoy nos parecería macabra. Se velaba en la sala de la casa con la misma tranquilidad con la que se celebraba un bautizo, y los niños crecían viendo pasar carrozas fúnebres como si fueran desfiles de carnaval.
La muerte era parte del paisaje urbano, un recordatorio de cantera y polvo de que todos somos inquilinos temporales en este valle de lágrimas. Cuando la modernidad nos obligó a separar a los vivos de los muertos, perdimos esa sabiduría cotidiana.
San Luis dejó de mirar a la muerte a los ojos para empezar a mirarla a través de la distancia del Saucito, convirtiendo a nuestro vecino más antiguo en un extraño al que solo visitamos por compromiso y con un ramo de flores en la mano.


