El cólera, la viruela y el tifo han hecho más por la planeación urbana de San Luis que todos los directores de obras públicas juntos. Cada vez que una epidemia visitaba la ciudad, las autoridades entraban en un pánico creativo que terminaba cambiando la cara de las calles. Se abrían avenidas para que «corriera el aire», se prohibían los mercados en ciertas plazas y se obligaba a la limpieza de los albañales.
La peste era el motor de cambio que nos obligaba a ser modernos por puro miedo a no amanecer.
Las epidemias nos enseñaron que la suciedad es democrática y que el microbio no respeta apellidos de cantera rosa. De la tragedia nacieron las primeras políticas de higiene que hoy damos por sentadas.
San Luis se rediseñó bajo la amenaza del contagio: se sacaron los rastros, se controlaron los cementerios y se empezó a pensar que el agua debía estar un poco más limpia. Fue una modernización a base de entierros masivos.
Cada vez que la salud pública ganaba una batalla, la ciudad perdía un poco de su desorden colonial y ganaba un poco de esa frialdad sanitaria que hoy llamamos progreso, recordándonos que a veces el bienestar llega solo después de que el desastre nos ha pasado la factura.


