La puntualidad en San Luis Potosí no es un hábito, es una cortesía que se ejerce solo bajo amenaza o por puro milagro. Cuando se instalaron los primeros cronómetros oficiales, se pensó que la ciudad se volvería suiza por contagio visual.
No contaban con que el potosino tiene un sentido del tiempo que no cabe en un engranaje. Para nosotros, la hora marcada es una referencia teórica, un punto de partida para empezar a pensar en salir de casa.
La puntualidad fue una imposición del mundo industrial que nunca terminó de cuajar en el espíritu del Altiplano. Nos parece una falta de respeto que una máquina nos diga cuándo empieza la vida. Si alguien llega a tiempo a una cita, lo miramos con sospecha, como si le faltara algo que hacer o le sobrara ansiedad.
La impuntualidad potosina es, en realidad, una forma de resistencia: es nuestra manera de decirle al mundo que el tiempo nos pertenece a nosotros y no a la oficina de gobierno. Así, vivimos en una negociación constante con el reloj, llegando siempre con la disculpa lista y la convicción interna de que lo más importante de la reunión es lo que se dice cuando ya todos se están yendo.


