En el San Luis de principios de siglo, la frase ‘ayudar en casa’ no significaba recoger los juguetes; significaba aportar al sustento familiar con una seriedad que hoy nos daría escalofríos.
La infancia potosina estaba marcada por una incorporación temprana al mundo laboral. En los talleres de calzado, en los mercados o en los campos de las orillas, los niños eran unidades de producción minúsculas pero indispensables. No se trataba de una crueldad premeditada, sino de una lógica de supervivencia donde todos los brazos contaban.
El oficio familiar era la escuela real. El hijo del panadero aprendía a medir la harina antes que a leer las vocales, y el hijo del minero sabía identificar la piedra antes de conocer el mapa del estado.
Esta normalización del trabajo infantil creaba una sociedad de adultos prematuros que entendían el valor de la moneda y el rigor del horario mucho antes de que les cambiara la voz. La infancia era un lujo que se permitía solo los domingos después de misa. El resto de la semana, ser niño consistía en ser un aprendiz disciplinado que sabía que el juego era un accidente afortunado en medio de una jornada que exigía resultados inmediatos para que la mesa estuviera servida al caer el sol.


