Si uno revisa los archivos históricos de San Luis Potosí, se encontrará con una ausencia notable: los niños. La historia potosina parece estar hecha exclusivamente de señores con bigote y señoras de mantilla.
Los niños aparecen solo en las estadísticas de mortalidad o como sombras en los registros de bautizo. Esta invisibilidad no es casualidad; responde a una mirada antropológica donde la infancia no era considerada una etapa con valor propio, sino una simple transición hacia la adultez. El niño no era alguien, era alguien que ‘iba a ser’.
Esta falta de registro nos dice mucho sobre cómo valorábamos la vida humana. Los niños eran invisibles porque su opinión no contaba y su trabajo se daba por sentado. No tenían voz en los pleitos legales ni presencia en las crónicas de los periódicos, a menos que fueran víctimas de alguna tragedia pintoresca.
Eran los habitantes silenciosos de las casonas y los barrios, moviéndose entre los pies de los adultos sin dejar rastro en los documentos oficiales. Recuperar su historia requiere leer entre líneas, fijándose en los pequeños juguetes de barro encontrados en las excavaciones o en las menciones indirectas en los testamentos.
Los niños potosinos siempre han estado ahí, sosteniendo la cantera con su esfuerzo invisible, esperando a que alguien se dé cuenta de que ellos también fueron protagonistas del desierto.


