La educación en el San Luis de antes se basaba en la premisa de que el conocimiento era una medicina amarga que debía entrar por la fuerza si era necesario. La escuela era un recinto de orden militar donde la autoridad del maestro era absoluta e inapelable.
El metro de madera sobre los nudillos no era visto como un abuso, sino como un auxiliar pedagógico para corregir la mala caligrafía o la falta de memoria en el santoral. Se formaban ciudadanos rectos a través de la disciplina y el miedo reverencial a la regla.
El énfasis no estaba solo en las letras, sino en la formación moral. La obediencia era la materia principal. Se pasaba la mañana entre rezos, marchas en el patio y repeticiones interminables de tablas de multiplicar que debían sonar como un coro de ángeles disciplinados.
Esta rigidez escolar reflejaba la visión de una sociedad que temía al desorden y que veía en el niño a un rebelde en potencia que debía ser domesticado. El éxito escolar se medía por la pulcritud del cuaderno y la inmovilidad del alumno en la banca.
Salir de la escuela era como salir de un cuartel: uno sabía poco del mundo, pero sabía perfectamente cómo saludar a los mayores y cómo guardar silencio cuando la autoridad tomaba la palabra.


