La generación que hoy peina canas en San Luis se educó socialmente en las banquetas. Los juegos tradicionales —el trompo, el yoyo, el balero o las canicas— eran los instrumentos con los que se medía el temple de un niño.
No eran solo entretenimientos; eran rituales de pertenencia. Un torneo de canicas en un rincón de la Plaza de San Francisco podía durar toda una tarde y generar enemistades que duraban semanas. El espacio público era el salón de clases de la astucia y la paciencia.
En estos juegos se aprendía a negociar, a perder con dignidad (o a pelear por el empate) y a entender que las reglas, aunque fueran inventadas en el momento, debían respetarse para que el grupo no te expulsara.
La calle era el gran nivelador social: no importaba el apellido si no sabías hacer ‘bailar’ el trompo en la uña. Esta socialización al aire libre forjó un carácter potosino que valora la presencia física y la palabra dada en el juego.
Eran tiempos en que la infancia olía a tierra y a madera tallada, y donde el mayor tesoro que un niño podía poseer era una caja de zapatos llena de trofeos ganados en la justa deportiva de la acera.


