La idea de ‘consentir’ a los niños o de poner sus deseos en el centro de la familia es una innovación que a un potosino de mediados del siglo pasado le parecería una debilidad peligrosa. Antiguamente, el concepto de ‘infancia protegida’ era inexistente.
Al niño se le quería, por supuesto, pero se le quería útil y callado. Los juguetes eran escasos y solían ser versiones miniatura de herramientas reales: una escoba pequeña para la niña, un martillo de madera para el niño. El objetivo no era divertir, sino entrenar.
Hoy, la comparación entre el pasado y el presente resulta casi cómica. Hemos pasado de una infancia de exigencias a una de privilegios. Antes, el niño se adaptaba al mundo de los adultos; hoy, el mundo de los adultos se detiene para consultar la opinión de un niño de cinco años.
Este cambio refleja una transformación profunda en nuestra percepción de la vulnerabilidad y el afecto. Consentir se ha vuelto el nuevo estándar de crianza, una práctica que busca evitar el trauma pero que a veces olvida que la realidad allá afuera sigue siendo de cantera rosa: dura, seca y poco dada a cumplir caprichos.
La infancia de hoy es un jardín cuidado; la de ayer era un campo de batalla donde el único premio era llegar a ser adulto sin demasiadas cicatrices.


