En el San Luis de principios de siglo, la música no era algo que se llevara en los bolsillos; era algo que te encontraba en la esquina. Los organilleros, las bandas de viento y los trovadores solitarios eran los proveedores oficiales de alegría y melancolía urbana.
Para la mayoría de los potosinos, que no podían permitirse un piano en la sala o un palco en el Teatro de la Paz, la calle era el único auditorio disponible. La música callejera funcionaba como un servicio público de baja fidelidad pero de alta necesidad emocional.
Este entretenimiento ambulante era también una estrategia de supervivencia. Los músicos no solo vendían notas, vendían interrupciones en la monotonía de la ciudad. El organillo, con su ritmo mecánico y persistente, era la banda sonora de los mercados y las plazas.
Escuchar música en público era un acto colectivo: la gente se detenía, comentaba la pieza y, si el bolsillo lo permitía, aportaba su contribución al sombrero. San Luis aprendió a apreciar el arte en su forma más precaria, entendiendo que una canción a tiempo, aunque estuviera un poco desafinada, valía más que todo el silencio de las iglesias cerradas.


