La historiografía potosina del siglo XX tiene en el padre Rafael Montejano y Aguiñaga a su cartógrafo moral más meticuloso y entrañable.
Montejano no entendió el estudio del pasado como un ejercicio de biblioteca exclusivo para las minorías ilustradas de la capital; para él, la verdadera historia del estado latía en el aislamiento de las cabeceras municipales, en los libros de bautizos de las parroquias perdidas en el desierto del Altiplano y en las leyendas que los ancianos repetían junto al brasero de la Huasteca.
Armado con una curiosidad insaciable y un rigor metodológico de archivero de la mitra, el padre Montejano acuñó y defendió el concepto de «potosinidad» como esa amalgama de terquedad, parquedad y orgullo que define al habitante de nuestra geografía dispersa.
Su pluma no se limitó a reseñar los grandes decretos de los gobernadores; rescató la crónica minera de Catorce, las mercedes de agua de Rioverde y la fisonomía tradicional de los siete barrios de la capital. Don Rafael nos legó la lección imperecedera de que para construir una identidad regional sólida, hace falta salir al camino, sacudirse el polvo de las carreteras y aprender a escuchar la voz de cada municipio con el respeto de quien sabe que la grandeza de San Luis se cinceló pueblo por pueblo, de mano en mano y de legua en legua.


