Ocupar el pescante de un carruaje elegante en el San Luis antiguo era un oficio que requería de una destreza técnica notable, un conocimiento profundo de las mañas animales y una sumisión absoluta a los caprichos estéticos de los propietarios de las fincas del centro.
El cochero era el operario indispensable de la prisa señorial; un hombre uniformado que pasaba la jornada limpiando los herrajes de plata, cepillando el cuero de los asientos y vigilando que los caballos mantuvieran ese trote previsible que agradaba a los jueces de la plaza.
El estatus del cochero estaba directamente ligado a la alcurnia de la casa para la que trabajaba. Conducir la berlina del banquero o el landó de la viuda del minero otorgaba un respeto informal entre la servidumbre del rumbo, permitiéndole al operario mirar de reojo a los carretoneros del mercado Hidalgo que lidiaban con mulas tercas entre el polvo.
El oficio exigía discreción de sastre: sentados al frente del vehículo, los cocheros eran los testigos mudos de los secretos financieros, los romances prohibidos y las intrigas políticas que las familias distinguidas discutían dentro del carruaje, guardando una lealtad de zaguán que se pagaba con la permanencia en el empleo y un sombrero derecho sobre la frente.


