Mucho antes de que el hollín de los automóviles y los gases industriales preocuparan a los regidores del ayuntamiento potosino, el mayor desafío de salud pública y ornato civil en la capital del estado era un residuo orgánico ineludible: el estiércol de los miles de caballos y mulas que transitaban a diario por el centro histórico.
Las actas de cabildo revelan una batalla constante y burocrática contra la acumulación de desechos en las banquetas comerciales.
El ayuntamiento despachaba cuadrillas de barrenderos municipales con palas y carretones de mano para limpiar las inmediaciones de la Plaza de Armas antes de que el sol de mediodía encendiera los olores y atrajera a las plagas a los portales.
Los bandos de policía imponían multas severas a los propietarios de caballerizas que descuidaran el lavado de sus patios traseros o que arrojaran los desechos de los establos a las acequias abiertas de los barrios. San Luis aprendió a legislar sobre la marcha y la defecación de sus bestias, entendiendo que para mantener esa fachada de urbe europea y culta que tanto agradaba al Porfiriato, hacía falta mantener la escoba activa y obligar a los cocheros a limpiar el rastro del camino antes de que la decencia de la provincia se quejara del tufo de la banqueta.


