Vivir el amor en el San Luis antiguo significaba aceptar que el corazón tiene fronteras infranqueables marcadas por la clase social, el origen del barrio y la opinión de los vecinos.
Las reglas no escritas sobre la vida en pareja eran más duras que los mandamientos de la Iglesia: no se cruzaban apellidos de la alta sociedad con gente de los barrios, y cualquier sospecha de escándalo o «mala conducta» antes del altar cerraba para siempre las puertas de los salones más distinguidos.
La respetabilidad era el filtro definitivo para cualquier romance. Se prefería un matrimonio infeliz pero guardado bajo llave en el zaguán, que un amor apasionado que diera de qué hablar en la peluquería.
El «qué dirán» operaba como una gendarmería del deseo, obligando a los amantes a modular sus emociones según la etiqueta de la plaza. San Luis aprendió a amar con discreción y a sufrir con elegancia, entendiendo que en el Altiplano, la felicidad individual es un valor secundario frente a la paz social y la conservación de las buenas maneras.
El amor potosino fue, durante décadas, un ejercicio de diplomacia privada donde el sentimiento siempre tuvo que pedirle permiso a la costumbre para poder transitar por la banqueta del centro.


