En el San Luis antiguo, el matrimonio era mucho más que una unión romántica bendecida por la Iglesia; era la institución fundamental sobre la cual se sostenía la estabilidad económica y el prestigio moral de la provincia.
Casarse no era un deseo, era un mandato civil que garantizaba que el patrimonio familiar no se dispersara y que la decencia del apellido tuviera continuidad. Para la mujer, el matrimonio representaba su única carrera profesional posible y su seguro de vida social.
Quedarse fuera de este contrato implicaba habitar los márgenes de la respetabilidad. El solterón era visto como un hombre de costumbres dudosas o carente de la madurez necesaria para los negocios; mientras que la solterona era confinada al cuidado de los padres ancianos o de los sobrinos, transformándose en una figura de sacrificio obligatorio. Esta obligación social asfixiaba las aspiraciones individuales, obligando a las parejas a unirse más por la conveniencia de los terrenos o la compatibilidad de los linajes que por la afinidad de los corazones.
San Luis aprendió a amar por catálogo y por conveniencia, entendiendo que en el Altiplano, la pasión es un fuego peligroso que debe ser domesticado por el contrato matrimonial para no incendiar la reputación de la casa.


