Antes de que las pantallas digitales monopolizaran y privatizaran el acceso a los recuerdos familiares, la historia visual de un hogar potosino se custodiaba en las páginas pesadas de los álbumes de terciopelo guardados en el fondo del ropero de caoba.
Cada fotografía adquirida en las ferias o en los estudios del centro era una inversión de capital que se trataba con el mismo cuidado litúrgico que las escrituras de la finca o las fe de bautizo de la parroquia.
Pasar las hojas de cartón grueso durante las tardes de lluvia o los días de duelo era repasar los títulos de honor de la dinastía. Allí se amontonaban los rostros de los tíos que marcharon al norte, los niños vestidos de marineros que ya descansaban en El Saucito y las tarjetas de visita de los compadres de alcurnia.
El álbum funcionaba como la memoria contable de los afectos: un archivo de papel y plata que certificaba que la familia había transitado por los caminos del estado con limpieza, orden y el sombrero puesto a tiempo, demostrando que en el Altiplano, el pasado se resguarda bajo llave para que el polvo de la llanura no borre el buen nombre de los antepasados.


