Antes de que las pantallas y las aplicaciones modernizaran la búsqueda de pareja, el cortejo en San Luis Potosí era una carrera de obstáculos rígidamente legislada por el calendario religioso y las persianas de guillotina.
El amor empezaba con el intercambio de miradas en la Plaza de Armas durante el paseo dominical, pero su consolidación requería de una paciencia de artesano. El pretendiente debía «hacer la guardia» bajo el balcón, soportando el clima del desierto solo para ver asomar un fleco de seda detrás de la reja de hierro.
La comunicación era una telegrafía de gestos: el movimiento del abanico, la entrega de una nota doblada a través de la sirvienta cómplice o el saludo discreto en la misa mayor. No existía la cita a solas; cada palabra era escuchada por el «chaperón» o la tía vigilante que custodiaba la castidad de la novia con un celo inquisitorial.
San Luis forjó amores de largo aliento y pocas palabras, donde el deseo se alimentaba de la prohibición y la distancia. Esta coreografía de la espera convirtió al noviazgo en un trámite público, donde el barrio entero fungía como juez de una relación que solo era legítima si se sometía a las reglas no escritas del decoro provinciano.


