Blas Escontría representa la cúspide del Porfiriato potosino. Su gestión, que duró casi una década, se dedicó a pulir la imagen de la ciudad hasta que brillara como una moneda de plata recién acuñada.
Fue bajo su mando que San Luis terminó de vestirse de gala con el Teatro de la Paz y las obras hidráulicas que prometían que la sed sería cosa del pasado. Escontría gobernaba con la mano izquierda en el banquete y la derecha en el decreto, manteniendo una estabilidad que se basaba en la premisa de que si la fachada se ve bien, el interior no importa tanto.
Su periodo fue una era de esplendor para las élites. La ciudad se volvió cosmopolita, se hablaba de inversiones extranjeras y se presumía una paz social que era, en realidad, un silencio administrado.
Escontría supo navegar en las aguas del poder central sin descuidar sus propios intereses y los de las familias que sostenían la economía local. Su legado es esa arquitectura monumental que hoy tanto presumimos, un recordatorio de que San Luis fue alguna vez la vitrina preferida de un régimen que amaba la piedra tallada casi tanto como amaba el orden inamovible, dejando a la posteridad una ciudad hermosa construida sobre la firme convicción de que el progreso es un privilegio de pocos.


