En el imaginario de la familia potosina tradicional, los solteros y solteronas ocupaban un lugar agridulce que oscilaba entre el choteo popular y la dependencia doméstica absoluta.
La «tía soltera» era la figura que mantenía encendido el brasero de la casa materna, la que cuidaba a los enfermos en la madrugada y la depositaria de las recetas y los secretos de tres generaciones. Su vida era un préstamo permanente a la prosperidad ajena, renunciando a su propia biografía para asegurar la de sus parientes.
Por su parte, el «tío soltero» solía ser el personaje excéntrico de las comidas dominicales, el que traía los regalos de la capital o el que financiaba los estudios de los sobrinos brillantes. Aunque la sociedad los señalaba en la plaza, la familia los necesitaba en el zaguán.
Eran los pilares invisibles que sostenían la estructura doméstica cuando el padre faltaba o la crisis apretaba. San Luis se construyó sobre el sacrificio silencioso de estos personajes que, al no tener una descendencia propia, vertieron toda su energía en la conservación del apellido de sus hermanos, confirmando que en esta provincia, hasta la soledad personal debe servir para fortalecer el linaje del clan.


