En el San Luis de Gorriño y Arduengo, la religión no se quedaba encerrada en el templo después del amén; salía a la calle a organizar la vida diaria con una autoridad que ya quisiera cualquier alcalde.
El clero era el sistema operativo de la ciudad. Se decidía no solo qué era pecado, sino qué negocios eran lícitos, quién podía casarse con quién y hasta qué color de ropa era el adecuado para cada temporada del espíritu. La Iglesia era la estructura de poder que sostenía todo lo que la política no alcanzaba a controlar.
Este gobierno cotidiano de la sotana garantizaba una estabilidad que se basaba en el miedo al juicio social y en la esperanza de una recompensa que no figuraba en el presupuesto estatal.
Los potosinos vivíamos en una inspección constante: el vecino era el vigilante y el cura era el juez. No se necesitaba un policía en cada esquina cuando tenías un confesor en cada parroquia. Esta influencia religiosa creó una ciudad de modales impecables y secretos bien guardados, donde la obediencia era la forma más segura de progresar y donde el poder real se movía con el sigilo del incienso, recordándonos que en San Luis, para mandar los cuerpos, primero hay que ser el dueño absoluto de las conciencias.


