Don José Encarnación Ipiña era un hombre con mundo y una obsesión: quería que San Luis se viera como París.
A principios del siglo XX, mandó construir este coloso frente a los Fundadores, inspirado en la Rue de Rivoli. Pero el problema de querer ser francés en el Altiplano es que la cantera rosa pesa más que las ideas. El edificio tardó décadas en terminarse y nunca llegó a ser el centro comercial de lujo que soñó.
En lugar de tiendas de alta costura, se llenó de despachos oscuros e imprentas. Hoy es un gigante que nos observa con sus ventanas de madera, un laberinto de piedra donde, según dicen, es más fácil perderse que encontrar a un burócrata que te firme un permiso a la primera.


