Universidad inaugurada, realidad en obra negra

No sé si debamos llamarnos borregos —como en la canción de Gloria Trevi, “brincan los borregos dentro de un corral”—, pero lo ocurrido en San Luis Potosí durante la visita presidencial tuvo más de estampida organizada que de acto republicano. Camiones repletos desde la madrugada, personas trasladadas como si la fe política exigiera sacrificios a las cuatro de la mañana, y una presidenta que llegó, cortó el listón y se fue, con la puntualidad de un médico del IMSS: entrada por salida, sin tiempo para diagnóstico ni tratamiento.

La inauguración de la Universidad Rosario Castellanos parecía cumplir más con el ritual que con la realidad. Porque inaugurar, se inauguró… aunque el edificio siga oliendo a obra inconclusa y promesa húmeda. Algo así como abrir un restaurante sin cocina, pero con discurso. Aquí lo importante no era estudiar, sino aplaudir bien y salir en la foto correcta.

Mientras tanto, afuera y a los costados, la realidad insistía en colarse. Maestros de telesecundaria recordando que la educación también se paga —y mal—; víctimas reclamando que la justicia no llega ni con agenda presidencial; peticiones de todo tipo, como si el evento fuera ventanilla única del país. Fotos, saludos, indulgencias políticas y la eterna ilusión de que estrechar una mano cambie algo más que el algoritmo.

La euforia fue curiosa: no por lo que se dijo, sino por quién lo dijo. Porque parecía que bastaba verla para justificar el caos vial, el cierre de calles, el tráfico en la zona de Los Barrotes y los lonches repartidos como comunión laica para quienes llevaban horas esperando. Todo disputado, claro, entre el verde y el guinda, como si el poder fuera un botín cromático y no una responsabilidad pública.

Mención especial merece la prensa. Violentada, limitada, contenida. A algunos les prohibieron el acceso, como si preguntar fuera pecado mortal o como si el periodismo estorbara más que la improvisación. Paradójico: se inaugura una universidad, pero se clausura el derecho a documentar.

Y entonces queda la pregunta incómoda: ¿a qué vino realmente la presidenta? ¿A inaugurar una universidad, a cumplir agenda o a dejar constancia de presencia, como quien firma asistencia y se va antes del final? Porque prometer regresar es fácil; volver con soluciones, no tanto.

Dicen que las mujeres han sido grandes protagonistas de la historia. Una hizo temblar a la corona británica, otra doblegó al presidente más poderoso del mundo. Ojalá esta mujer logre sacudir el centro del país… pero con políticas, no con giras. Con justicia, no con vallas. Con educación real, no con edificios a medio terminar.

Por ahora, lo visto en San Luis Potosí se pareció más a una gira artística con escenografía prestada que a un cambio estructural. Mucha gente, mucho aplauso, mucha foto… y la sensación amarga de siempre: que el evento terminó, los camiones se fueron, y la realidad —esa sí— se quedó esperando afuera.

 

Angeles Ávila
Angeles Ávila
Angeles Avila es una comunicadora con olfato periodístico y mirada crítica, especializada en transformar la información en contenido ágil, directo y con personalidad. Con experiencia en medios digitales, domina desde la redacción informativa y la crónica con tintes de humor negro hasta la construcción de columnas de opinión y guiones para video de impacto. Se mueve con soltura entre la agenda pública, la seguridad, la política local y las historias humanas que laten en San Luis Potosí y la región, siempre buscando el ángulo incómodo, la pregunta necesaria y el dato duro que sostiene la narrativa.

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