Las ceremonias cívicas en el San Luis antiguo eran rituales solemnes de adoración al Estado que requerían una resistencia física notable por parte de los alumnos.
Los lunes por la mañana o los días de efemérides nacionales, los patios escolares se transformaban en plazas de armas donde el patriotismo se demostraba aguantando las largas horas de discursos oficiales bajo un sol que empezaba a calar desde temprano, sin más sombra que la buena voluntad del cielo.
Saludar a la bandera, cantar el himno nacional con energía militar y escuchar las biografías infladas de los héroes de la patria eran deberes que no admitían desmayos ni distracciones. Si un niño flaqueaba por el calor o el ayuno, era retirado de la fila en silencio para no arruinar la simetría de la formación. Las ceremonias cívicas funcionaban como una puesta en escena del orden porfirista: todo debía lucir impecable, desde los cuellos almidonados de los uniformes hasta la sincronía de los pasos.
Aprendimos en esos patios escolares que pertenecer a la nación es un trámite serio que exige sacrificio, disciplina y la capacidad de permanecer firmes ante el sol del Altiplano, demostrando que en San Luis, el amor a la patria siempre ha entrado por la vía del rigor y del cumplimiento estricto del protocolo.


