El recreo en las escuelas potosinas de finales del siglo XIX y principios del XX distaba mucho de ser el caos alegre que hoy conocemos.
Para las autoridades educativas de la era porfiriana, el tiempo libre de los alumnos era un territorio peligroso que requería una vigilancia estrecha; dejar que los niños corrieran sin rumbo por el patio era abrirle la puerta al desorden y a las malas costumbres. Por ello, el descanso se organizaba como una extensión de la disciplina del aula.
Los juegos eran supervisados y debían cumplir con ciertas normas de decencia y moderación. Se vigilaba que los varones no jugaran rudo y que las niñas mantuvieran la compostura en sus risas.
El patio se convertía en un panóptico donde los maestros, colocados estratégicamente en los pasillos altos, tomaban nota de quién mostraba modales rebeldes o inclinaciones al desacato.
El silbato o la campana que anunciaban el fin del recreo exigían una inmovilidad instantánea. Los alumnos debían congelar sus pasos in situ y formar filas por estatura en un silencio absoluto. San Luis educó a sus generaciones bajo la premisa de que incluso el ocio debe ser ordenado, enseñando que en esta vida, el descanso no es un derecho a la libertad, sino un intervalo reglamentado para juntar fuerzas antes de volver a la rutina del deber.


