En las casas potosinas de antaño, coser y remendar no eran pasatiempos decorativos, sino estrategias fundamentales de la economía familiar. La ropa no se tiraba hasta que el tejido se disolvía por el uso y las lavadas en el río.
El refrán local «remenda tu saco y durarás otro año» era una ley no escrita que se aplicaba con rigor en las vecindades de los barrios populares. Heredar los pantalones del hermano mayor y darles la vuelta a los cuellos de las camisas eran hábitos cotidianos de supervivencia.
Esta cultura del remiendo obligaba a las mujeres a ser expertas en la ingeniería de la aguja. Se pasaban las tardes zurciendo calcetines con un huevo de madera como molde y transformando los vestidos viejos de la madre en ropas para las hijas pequeñas. El consumo textil era mínimo; la tela se compraba para que durara décadas y el hilo de la mercería era el insumo más valioso del hogar.
San Luis forjó así una sobriedad estética basada en el parche discreto y la costura reforzada, una disciplina del cuidado material que nos enseñó a valorar las cosas por los años que eran capaces de acompañarnos y no por la novedad de su diseño en el aparador.


