Tras cuatro días de intensa oración, encuentro y formación, el Congreso Nacional Juvenil Misionero (CONAJUM), celebrado en San Luis Potosí, concluyó dejando una profunda huella de fe en los miles de participantes que llegaron de distintas regiones del país.
Al hacer un balance del encuentro, el arzobispo de San Luis Potosí, monseñor Jorge Alberto Cavazos Arizpe, expresó la alegría que marcó esta experiencia eclesial, destacando que el congreso permitió a los jóvenes vivir un verdadero encuentro con Dios a través de la Iglesia.
«Tenemos el corazón muy contento por esta experiencia de Dios a través de su Iglesia», expresó el prelado, al agradecer la participación de jóvenes, sacerdotes, religiosas, religiosos y obispos que respondieron al llamado misionero y compartieron estos días de comunión.
Monseñor Cavazos reconoció también el trabajo silencioso de quienes hicieron posible la realización del congreso, desde los organizadores hasta los bienhechores y las personas que, durante tres años de preparación, ofrecieron su tiempo, su servicio y su oración para que este encuentro se concretara.
«Ha sido un congreso muy agradable, muy bonito y muy provechoso», afirmó, al señalar que el objetivo principal se cumplió: fortalecer la experiencia de Cristo vivida en comunidad y renovar el compromiso de anunciar el Evangelio.
El arzobispo agradeció de manera especial la presencia del nuncio apostólico en México, Joseph Spiteri, así como de los representantes del Dicasterio para la Evangelización y de los obispos provenientes de distintas diócesis del país, cuya participación fortaleció el sentido de unidad de la Iglesia.
Destacó que los frutos del CONAJUM trascendieron el ámbito de la pastoral juvenil, al involucrar a numerosas pastorales, comunidades y voluntarios que unieron esfuerzos para recibir a los congresistas y hacer de San Luis Potosí una tierra de acogida y misión.
Finalmente, monseñor Jorge Alberto Cavazos recordó que el congreso no representa un punto de llegada, sino un nuevo comienzo. El envío misionero realizado durante la clausura simboliza el compromiso de cada participante de regresar a sus comunidades con un corazón renovado, llevando la alegría de Cristo a sus familias, parroquias y lugares de vida cotidiana.





