La llegada del circo de Ricardo Bell a San Luis Potosí era el acontecimiento que lograba suspender, al menos por unas horas, la rigidez social de la capital.
Bell, un payaso inglés que entendió la psicología del mexicano mejor que cualquier político de la época, presentaba un espectáculo que combinaba la gracia refinada con la acrobacia de alto riesgo. Sus funciones no solo atraían a las clases populares que pagaban unos centavos en la grada, sino a las familias adineradas que abarrotaban los palcos del Teatro de la Paz.
Su éxito radicaba en que su humor no era vulgar, sino una crítica sutil e inteligente a las pretensiones de la sociedad porfirista. Ver a Ricardo Bell tropezar en el escenario o desafiar la gravedad en el trapecio era una catarsis colectiva para una ciudad acostumbrada a las miradas vigilantes y a las cortesías frías.
Bell se convirtió en el ídolo de los niños y en el escape necesario de los adultos. Su presencia demostró que en el Altiplano, detrás de esa fachada de sobriedad y rezos, late un público con hambre de asombro y con una capacidad inmensa para reírse de sí mismo cuando el payaso correcto se encarga de quitarle el sombrero a la solemnidad de la cantera.


