La escuela potosina tradicional funcionaba, en la práctica, como el primer gran laboratorio de comportamiento social masivo. Más allá de las lecciones de gramática o geografía, el verdadero objetivo del sistema era moldear el carácter del niño para adaptarlo a las exigencias de la vida moderna: aprender a obedecer horarios fijos, respetar las jerarquías sin cuestionarlas y aceptar el castigo con resignación estoica. Era el entrenamiento básico para los futuros empleados de banco, mineros o burócratas del estado.
La puntualidad se castigaba o premiaba con rigor religioso; llegar un minuto tarde al zaguán escolar significaba quedarse fuera bajo el sol o ganarse una nota de demérito que arruinaba el expediente familiar. Sentarse erguido en bancas de madera dura durante horas forzaba al cuerpo a una disciplina militar.
El alumno aprendía que su tiempo y sus movimientos pertenecían a la institución, no a él. Esta uniformidad moral garantizaba que la maquinaria urbana de San Luis siguiera funcionando con la precisión previsible que tanto agradaba a los gobernantes civiles, forjando esa laboriosidad silenciosa y ese respeto casi sagrado por los reglamentos que ha caracterizado al habitante del Altiplano por generaciones.


